20 September, 2009

Pasamontañas




Si él ocultaba su cara, yo ocultaré su nombre. Inventemos que se llamaba Pascual. No digamos que ocultaba su cara por miedo. Inventemos que lo hacía por desafiar. O porque tal vez admira al Sup y quiere parecerse a él. O porque al mirarse al espejo ve su futuro en la cara y no quiere de antemano sufrir, que ya suficiente tiene con lo de hoy.
Sonrío cuando me ofrece lustrar mis botines y le digo que no: reclamo que son amarillos, que los lustré esta mañana y que va a llover. Pero me lanza un argumento copiado de por acá "Hágalo entonces por cooperar" …y me tengo que rendir.
Habla de política, Evo, naturalmente, mientras embetuna concienzudo, le cuento que es la primera vez que me lustran en la calle y que en mi tierra es cosa de hombres y que cuéntame de ti. Abre su corazón desgranando las palabras, palabras firmes de orgullo, palabras serenas de algo como fe. Le digo que es la persona más gentil que he conocido en La Paz (y no es que me hayan tratado mal) .Se limpia la mano y estrecha la mía. Sus ojos me muestran mil años cuando lo miro por última vez.
Adivino su sonrisa mientras levanto la cara hacia la lluvia, usted sabe, para disimular...

ANDRÉS SABELLA, Gabriela Mistral, y una oscura despedida


En un día como hoy, pero de noche, nos reunimos un grupo de iquiqueños en Orella con Vivar, en el Sindicato de Estibadores para escuchar a Andrés Sabella.
Andrés Sabella venía a hablar acerca de Gabriela Mistral, lo que no es de menor importancia…
Pero las puertas de los lugares “oficiales”, como el Teatro Municipal, por ejemplo, estaban cerradas para Andrés Sabella. De modo que tenía que ser allí,, en la casa generosa de unos generosos trabajadores (y donde poco más de un año después nos reuniríamos en horror y fraternidad a escuchar las palabras de Olaf Olmos acerca de la fosa de Pisagua. Pero esa es otra historia).
Estábamos todos de pie, escuchando a ese brillante y entretenidísimo orador que era el poeta. Alguien puso la grabadora junto a uno de los parlantes. Todos disfrutamos de esa interesante noche de conversación.
Lo saludé después de la charla, como muchos otros, y sí claro, de la Norte, se acordaba de mi (como de muchos otros). Fue cariñoso, gentil, piropero (cuando no).
Al día siguiente, se reuniría en el mismo lugar con los jóvenes a alguna hora de la mañana, pero no llegó. Había partido ya, como el rey Arturo, en una barca, para su eterno viaje.
No quise estar en la catedral, al día siguiente, para ver como el poeta pasaba a ser más importante muerto que vivo.
Prefiero recordarlo como esa noche, junto a mis hijos y mis amigos, o mejor, como veinte años antes cuando lo conocí en Antofagasta, en  Matta con Uribe…