Cecilia Castillo
Iquique
A través del tiempo, esta colección de libros llamado en
occidente, la Biblia, ha adquirido el carácter de documento sagrado o
devocional, además de fuente de información y formación para varias confesiones
religiosas.
Sin embargo, estos libros son además, en tanto piezas
literarias, una variada muestra de distintos géneros: narraciones, leyendas,
poemas, epístolas, e incluso relaciones estadísticas.
A pesar de haber sido, durante siglos, fuente de
inspiración para muchos escritores, me parece que aún falta una mayor
aproximación a los libros de la Biblia como obras literarias. Mi intención es
hacer una lectura que revise, a grandes rasgos, la visión de la mujer y lo
femenino en algunos de estos libros. Necesariamente un cuadro incompleto y
sesgado, pero que deseablemente provoque
en otras personas, la motivación para corregir o ampliar lo presentado en estas
páginas. No hay el menor afán de erudición, ni tampoco de entregar grandes
respuestas. Las preguntas serán siempre más desafiantes y dinámicas.
Entre las mujeres, no faltan asiduas lectoras que,
creyentes o no-creyentes, se sienten atraídas por estas vívidas muestras de
historia humana. Sin embargo, esta experiencia de lectura no siempre resulta
satisfactoria. Numerosas amigas me han comentado que al leer el Antiguo
Testamento y con excepción del Cantar de los Cantares, han percibido con
malestar que, en los personajes femeninos hay una especie de ensañamiento: Que
pareciera que los peores defectos de lo femenino (¿o de lo humano?) han sido
puestos de relieve en estas mujeres. Cabe la pregunta: ¿corresponden estas
características a un realismo descarnado, o están puestas ahí por manos
masculinistas?
En el Génesis, en sus primeras líneas (Gen. 1,27), hay un
anuncio que llama a optimismo: "Cuando Dios creó al hombre, lo creó
parecido a Dios mismo; hombre y mujer (ish e isha) los creó, y les dio su
bendición..." Hasta ahí, no cabe duda acerca de la intención de
igualdad. Lo extraño es que más adelante
(Gen. 2,18), Dios dice que "no es bueno que el hombre esté solo", y
durante el sueño del hombre, le extrae una costilla, y de ella hace una mujer
para que lo acompañe (Gen. 2,23).
Eva, personaje del poema que explica la creación, no
alcanza a estar delineado en cuanto persona individual. Curioso es que su
nombre significa vida o "la viviente", y es, quien debe darle hijos
y, al mismo tiempo, la encargada de conducir al hombre hacia la muerte,
representada por la pérdida del paraíso. Adán, interrogado por Dios, se
disculpa declarando que ella es la inductora: "La mujer que me diste por
compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí".
Desde Eva en adelante, el Génesis nos muestra retratos
bastante construidos de algunas mujeres que luego, a lo largo de la historia,
van a ser consideradas ejemplares, casi santas.
Sarah, la mujer de Abraham, ocupa varias páginas y no
sólo del Génesis sino también se la ha puesto de modelo de santidad en otros
libros (p. ej. I Pedro 3,5). En los
textos, observamos a una mujer que, a una supuesta belleza física, opone
cantidad de malas artes. Manipula al marido con su esterilidad, usa a su esclava
Agar para tener un hijo y luego la envidia y la maltrata. Al tener su propio
hijo, Isaac, y en el contexto de competencia cruel característica de uniones
polígamas, termina por echar a esta mujer al desierto con su hijo, Ismael, con
la intención de que ambos mueran. No se observa la menor intención de justicia,
ni tampoco algún rasgo de ternura.
Rebeca, la esposa de Isaac, nuera de Sarah, también es
dudoso modelo. Ella elige a uno de sus dos hijos, al menor, como preferido. Y
le enseña a mentir. Más aún insta a Jacob a engañar a su padre moribundo,
suplantando a su hermano Esaú para quitarle la herencia.
Raquel, una de las esposas de Jacob, "arrienda"
el marido a su hermana a cambio de unas mandrágoras con que se ha encaprichado.
Y, no sólo miente a su padre, sino que además le roba sus ídolos familiares.
La mentira, como medio para conseguir lo que quieren,
parece ser, en estas mujeres, una constante. En otros libros, otros personajes
repiten las características mencionadas. Débora podría ser una excepción, pero
¿y Dalila, Yael, Ester, etc., cuya principal virtud parece ser la astucia?
Incluso Rut, a quien tantas veces se ha puesto de ejemplo
de fidelidad y amistad (su nombre significa "amiga"), no deja de
despertar sospechas. ¿Por qué tan oportunista, calculadora, interesada? Es
capaz de ir a acostarse a los pies de este hombre poderoso, imponérsele y
obligarlo a cumplir con la ley del levirato.
Recordemos que los escritores en general, y en particular
los poetas, deben crear dentro de su propia cultura. Con los símbolos
culturales de su tiempo y de su entorno. Pero, además, son los creadores (o
generadores) de símbolos. Los textos bíblicos, parecen tener por lo menos dos
planos. El de superficie, donde se lee la anécdota o la historia, y un plano
profundo que contiene los símbolos propios de la intención pedagógica o de la transmisión de principios religiosos de
sus autores. En todo caso, estos textos
están concebidos en un esquema racional y tradiciones culturales muy diferentes
a las nuestras. Cualquier estudio de su simbología va a ser una aproximación
con pocas ambiciones. Gastón Soublette dice que el estilo de los libros
bíblicos es similar a nuestro género poético, es decir que, tras una aparente
simpleza, abre espacio a la sugerencia. El lector debe leer entonces no sólo lo
que está en blanco y negro, sino también lo que no está escrito.
Más que personajes prototípicos, más que retratos de la
realidad, aventuro que estos personajes femeninos están deliberadamente
diseñados para simbolizar aspectos negativos o despreciados de la naturaleza
humana.
Podría argumentarse tal vez que los personajes masculinos
están mostrados igualmente en toda su desnudez humana y con todos sus defectos.
Pero, la gran diferencia, es el tema de la impureza. Hay que ir a las páginas
del Levítico, donde la mujer se presenta como la impureza encarnada. Los
fluidos de su cuerpo son impuros, especialmente su sangre. No es solo que el
suyo sea un sexo inferior, sino que es un sexo impuro. Ahora, al ser este un
concepto religioso, incluye que además de sexo impuro es un sexo contaminante.
La inferioridad de la mujer está consagrada, entonces, por su doble condición
de mancillada y mancilladora.
Como ser humano, la mujer no tiene la misma inferioridad
del niño, o del esclavo, por ejemplo. Sino más bien es una condición negativa
en el sentido de negación del ser. Quiero mencionar dos episodios en que se
evidencia el valor de la mujer, menor que el de una res, y su calidad de
no-persona.
Al final del libro de los Jueces (19-24), se relata el
caso de un levita que va de viaje con su concubina y aloja por una noche en una
ciudad benjaminita. Unos hombres se acercan a la casa en que lo han recibido y
empiezan a gritar que salga el levita para violarlo. Entonces, el dueño de casa
les contesta suplicándoles que no hagan tal perversidad, y, para consolarlos
les ofrece sacar y entregarles a su hija virgen (su hija vale menos que su
deber de hospitalidad) y a la concubina del huésped. "Voy a sacarlas para
que las humillen y hagan con ellas lo que quieran. Pero con este hombre no
cometan tal perversidad." Ante la insistencia de los atacantes,
finalmente, el huésped, el levita, tira a su concubina a la calle, los hombres
la violan durante toda la noche y ella se arrastra en la mañana hasta la casa y
cae muerta en el umbral. Por supuesto que la reacción del levita es pedir ayuda
a todas las tribus y desatar una guerra para vengarse, pero... La ofensa no es
haber tratado de la peor forma a un ser humano, sino haber ofendido el honor de
un varón y no haber respetado las reglas de hospitalidad.
Este episodio reitera una situación muy parecida relatada
en el Génesis (19,5-7), cuando los ángeles visitan a Lot en Sodoma y todos los
hombres de la ciudad empiezan a golpear la puerta pidiendo que salgan porque
quieren violarlos. Lot sale a rogarles que no lo hagan y también ofrece sus
hijas: "Por favor, amigos míos, no vayan a hacer una cosa tan perversa. Yo
tengo dos hijas que todavía no han estado con ningún hombre; voy a sacarlas
para que ustedes hagan con ellas lo que quieran, pero no les hagan nada a estos
hombres, porque son mis invitados."
Salimos del Antiguo Testamento y produce alivio y
esperanza el cambio de discurso en los textos evangélicos. Especialmente en los
libros de Lucas y de Juan. La diferencia empieza a percibirse con la aparición
de María en escena. En primer lugar su nombre, en hebreo Myriam, significa
"la exaltada", "la elevada". De acuerdo al texto de Lucas,
este Dios Todopoderoso, que podría haberse encarnado en un ser humano ya
adulto, o en una guagüita recién nacida, decide que va a encarnarse hombre,
varón, pero con la participación consciente y activa de una mujer. Le anuncia
su decisión. Algo así como pedirle permiso.
Paradójico proceder en alguien omnipotente. (Por otra parte, no cabe la
menor duda de que no tenía alternativa respecto de su elección de sexo. Si se
hubiera encarnado mujer, no habría siquiera alcanzado a salir de la casa, menos
iba a poder enseñar en el templo o tener discípulos).
Pero no se trata sólo de María. En el texto evangélico ya
no hay el tono del Eclesiastés (36-21,27), en que la mujer es "una ayuda a
él permanente y es columna donde apoyarse". No hay la voz de los
Proverbios (31-11,31) en que la mujer es "el alma del hogar", y no
sólo debe atender a su familia y su casa sino que además debe hacer trabajos
productivos, venderlos para aumentar el presupuesto del hogar, mientras el
marido "se sienta con los ancianos de la tierra". Todo lo contrario.
En una de sus visitas a Betania, felicita Jesús a la hermana que permanece sentada
compartiendo la conversación con sus visitantes en lugar de dedicarse a labores
domésticas, a las cuales claramente otorga una importancia secundaria.
Se desarma, se desmitifica el concepto de la mujer dueña
de casa. Se incorpora al grupo de discípulos o seguidores una mujer que ha
sido "de mala vida". Jesús tiene contacto incluso físico con mujeres
doblemente impuras, como la samaritana del pozo a quien pide agua, la
prostituta, la adúltera, la mujer con flujo de sangre quien lo toca y él no se
considera manchado. Más adelante aparecen mujeres no casadas que forman parte
de la comunidad.
En las cartas de los apóstoles y en el Libro de los
Hechos, se percibe la existencia de hombres y mujeres en las primeras
comunidades. Aparece una diaconisa, Febe. No se sabe si este sería un caso
habitual o extraordinario. Desgraciadamente este primer período parece ser sólo
una breve tregua antes de retornar al discurso del Levítico. En las cartas de
Pablo se observa que, de nuevo, la mujer es impura. Por ejemplo, debe cubrirse
la cabeza para no "deshonrar al que es su cabeza" (I Cor. 11,3)
"El hombre no debe cubrirse la cabeza porque él es imagen de Dios y
refleja la gloria de Dios. Pero la mujer refleja la gloria del hombre...".
Además, recomienda al hombre que ojalá se conserve como él, Pablo, sin casarse,
célibe. Incontaminado por esta criatura manchada que es la mujer.
Y luego, doloroso misterio, resulta que los "padres
de la Iglesia" que vendrían después, desde Agustín y Tomás de Aquino hasta
Juan Pablo II, con alguna posible excepción como Juan XXIII, han tomado y
desarrollado la concepción de mujer de Pablo y sus antecesores, en lugar de
basarse en palabras y hechos de Jesús en su trato y consideración de la mujer y
lo femenino.
En mi opinión, y seguramente también en la de otras mujeres, resulta doloroso y traicionero y
antievangélico además, el que a pesar de promover la irreprochable devoción a
la madre de Dios (convirtiéndola eso sí en un ser etéreo desprovisto de su calidad humana y de
hembra), por otra parte se hunda al resto de las mujeres, a las pecadoras, en
la antigua y terrible condición de representantes de la impureza.
A la pregunta de ¿qué pasa dos mil años después? quiero
responder, aunque sin respaldo científico para mi afirmación, que me parece
evidente que en la iglesia católica como en otras iglesias cristianas, la
situación de la mujer no ha evolucionado. Entre los católicos, incluso laicos,
incluso mujeres, abunda el rechazo de plano a que la mujer sea ordenada,
provoca sonrisas torcidas el imaginar a una mujer consagrando el pan en el
altar o escuchando confesiones. Se incentiva y premia sin embargo la labor
femenina dentro de lo social. Recordemos a Teresa de Calcuta y tantas otras
como ella.
No es tampoco, como se pudiera pensar, que las iglesias cristianas
no hayan cambiado en absoluto. En algunas instancias hay tibios avances. La
iglesia católica, al menos en algunas
oportunidades dice defender los derechos de los débiles. Critica los sistemas
políticos deshumanizantes. Pide perdón por la Inquisición y otros errores del
pasado.
Sin embargo, más de dos mil años de ¿vigencia? de la
palabra de Cristo no han sido suficientes para purificar a la mujer. Para rehabilitar
a María Magdalena. ¿Cómo es posible que los creyentes no crean necesario rehabilitar a aquella persona que fue el
primer ser humano en ver y casi tocar a Jesús resucitado? Olvido inexcusable, porque aun hoy, después de
estos veinte siglos la mujer despierta repugnancia y temor, en especial en los
sectores religiosos más tradicionalistas y conservadores. Donde ella, sigue
representando un riesgo. Riesgo de contagio y de caída.
Otra pregunta pertinente podría ser qué interés tiene
este tema para aquellas personas que no son cristianas o no son en absoluto
religiosas. Bueno, la influencia de la
Biblia ha permeado toda nuestra civilización cristiano-occidental, y aun en los
no-cristianos persiste hasta hoy la sospecha respecto de esta
"seductora" que induce al hombre al mal. "Lo lleva por el camino
de la perdición" y hace peligrar su
honor. Por tanto desembocamos en la afirmación obvia de que esta condición de
inferioridad de un sexo porque es impuro respecto del otro, no afecta sólo a la
mujer sino también al hombre con la misma intensidad, puesto que lo trunca y lo
reduce.
Para aquellas personas que sí son religiosas o cristianas
puede ser interesante releer las escrituras y detenerse en el evangelio. Leer
más allá del blanco y negro, en especial las palabras sobre la impureza. Pero
leer con la mirada de que nada que venga de fuera del hombre, o de la persona
humana, puede ensuciarlo o contaminarlo. Que la única impureza posible es la
que se encuentra en el propio corazón.
Como tan bellamente lo dijera el poeta Konstandinos Kavafis:
"...No has de temer ni a los
lestrigones ni a los cíclopes,
ni a la cólera
del airado Poseidón.
Nunca tales monstruos
hallarás en tu ruta
si tu
pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra
en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones
y los cíclopes
y el feroz
Poseidón no podrán encontrarte
si tú no los
llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no
los conjura ante ti...."