Recuerdo a la abuelita Carmela despidiéndose
de su casa en el pueblo. Misma que compró el dueño del camión en que
viajábamos.
Recuerdo a la abuelita recorriendo las habitaciones. En alguna parte encontró
un pequeño mate de cerámica y me lo regaló. Lo conservé por muchos, muchos
años. Siempre he tomado mate, pero jamás en él. Era un tesoro de dos colores
entre café y verde oscuro ... Como los ojos de la Carmela cerrando la puerta de
su casa y caminando hacia Palermo con sus hijas, sin mirar atrás...