No es que la necesite para lavar pecados o para ocultar lágrimas. Es solo que me encanta la lluvia. Como buena serenense, siento que la lluvia me levanta, me enternece, me fortalece, me sonríe. Me recuerda, en la infancia, la alegría general porque si llueve habrá pasto, habrá cabras, habrá queso, habrá vida...
Parto a Santiago a ver a mi regalona hija (le he pedido que encargue lluvia), y me encuentro con, además de su bellísima sonrisa, todos los días de sol.
La tarde en que regreso, en el avión me entero de que en Iquique hay llovizna con plásticos y danmificados y todo lo triste de ocasiones como esta. Cuando llego a mi casa, ya no queda nada nada, el cielo está seco y claro. Mientras tanto, en Santiago "se larga" a llover. ¡Qué desajuste !.
San Isidro no me quiere, téngalo por seguro... vean como no me deja ni ocultar lágrimas ni lavar pecados...
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