10 February, 2012

Cuerpos como hojas

Fue una tarde de febrero. Estaba en ese deporte femenino (desagradable pero necesario) de probarme ropa en una tienda. Había dos espejos. De pronto, me quedé con ojos fijos mirando uno de mis codos. Era horrible. Con arrugas circulares cual rodilla de elefante.

Ese día me di cuenta de que ya no podría usar blusas o poleras de manga corta a riesgo de violar las mínimas reglas de estética básica. Continué la observación, solo para ver reflejado en ese maldito espejo de cuerpo entero una figura “ceda el paso” y unas piernitas flacuchentas. Definitivamente, pero definitivamente, resultaba ser que me sentía más segura (y por qué no, más atractiva) CON ropa.

Dónde se había ido esa época en que una se daba una ducha, se ponía una mini y una polera vieja y salía, tal cual, hasta con el cabello mojado, sintiéndose linda, admirada, dueña del escenario.

Dónde se había ido esa época en que al moverse la pollera con el viento se destacaba la gracia de esas sólidas piernas y un breve escote mostraba la garganta lisa y blanca sin lunares ni arruguitas.

Ese día en el espejo me sentí estafada y engañada: aquella de ahí, la del maldito espejo de cuerpo entero, no era yo. Era otra, una intrusa que me imponía su reflejo.

Sin embargo, no hay dónde mejor verse que en los ojos de otros. Y la realidad me indica claramente que en los ojos de los hombres de mi generación se puede ver la edad de la mujer que observan. Y cuando miran a una como yo, ven todos, todos los números. Y alejan la mirada buscando una muchacha de esas recién salidas de la ducha con piel perfecta y cabello enredado…

Pero no falla que alguien que no ha llegado a esta etapa, trata de “consolarte” diciendo leseras como “cada uno tiene la edad que quiere” “la vejez no existe, es solo un estado mental” “lo importante es como te sientes por dentro” e infinidad de falaces etcéteras.

La edad existe, qué duda cabe. Y cuando descubres cosas tan freak como codos de rodilla de elefante, cuellos con lunares, manos huesudas y con manchitas, piernas flacas y tantos otros signos de decadencia, no queda más que aceptarlo con gracia, con mucha gracia. Y aprender a usar con femenina astucia, bellas blusas de mangas largas, pantalones largos, sutiles pañuelos al cuello e interesantes otros etcéteras que nos hagan sentir cómodas y seguras aun cuando la cantidad de años que cargamos.

Lo contrario, es muy triste: el vestirse y actuar como jovencitas que hace décadas dejamos ya de ser, porque no faltará el cruel espejo que nos haga sentir ridículas y desubicadas.

Y no vale la pena sufrir esperando que los varones de nuestra edad nos miren como miran a las muchachitas. Tal vez logremos que nos atiendan cuando sonreímos o cuando los escuchamos. Puede ser, nunca se sabe. Quizá encuentren dentro de nosotras algún tesoro que las jovencitas aun no tienen. Y si no ¡qué importa! Si nos ponemos tristes más arrugas avanzan….

Y, por último pensemos en nuestros cuerpos como hojas que ya comienzan a secarse antes de caer y homologarse con la tierra…es parte del ciclo de la vida, y es nuestro turno caminar hacia allá..

Con gracia…eso sí. Con mucha gracia.

1 comment:

Jenofonte said...

Sí, buena analogía. Hace algún tiempo siento que me estoy arrugando, me han aparecido también unas extrañas manchas. El viento, que antes me divertía, ahora me hace temblar, es el otoño, no cabe duda...