Alguna vez ante
un “bolero” de Cecilia Castillo, me detuve un momento a pensar.
Quizás íntimamente repetía vivencias relegadas por el olvido,
pues los acordes de un trío de guitarras, se intensificaban preludiando una
armónica vocalización y al arrullo de su melodía, imaginaba las circunstancias
de algo que, no sólo se aceptaba sino que hasta inducía a acompañarlo con un
canto que, para el caso, parecía integrarse a la perfección a lo que
interiormente era una certeza: “Hay que saber que la vida, se aleja y nos
deja…”
Ocasión hubo en que hasta creí escuchar la versión propuesta por Cecilia para “Vereda tropical”. Joven, en una esquina de mi ciudad minera, con tenue iluminación y las primeras ventoleras nocturnas, hasta mí llegaba, en perfecta alternancia, o un fragmento de la canción o una fría ráfaga: “Voy por... la noche… con su perfume…
Esos fragmentados compases eran suficientes. La memoria suplía lo que faltaba. La imaginación, aportaba lo suyo: allí estaba Gonzalo Curiel, el autor, Pedro Vargas, el cantante y… este humilde servidor. ¡Sí, sí, el bolero da para todo y la imaginación, también!
El libro concluye con “un cambalache” para honrar a Discépolo y es aquí donde se dan la mano el texto cantado y la poesía. En un mundo cuyas circunstancias se suceden consagrando su empeoramiento en desmedro de quienes menos tienen, es necesario mostrar ese lugar o situación de desorden y caos.
Los cambios tienen sus
señas y si Discépolo las realzó en su tango, Cecilia recurre a Cambalache,
Yira… yira, para estructurar su texto, en conformidad con el diario vivir del
hombre actual. En el cruce de tan ricas ideas, surge una obra potenciada en su
denuncia social. Su relectura, sorprende, pues otros textos de Discépolo gravitan
en esa denuncia. Algunos son: Infamia, Cafetín de Buenos Aires y ¡Uno!, ambos
escritos con Mariano Mores, Desencanto, ¡Chorra! y hasta su vals Sueño de
juventud. Hubo grandes para estas cosas… Yo, “No puedo ser más vil, / ni puedo
ser mejor…”
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