En algo nos parecemos, Hernán Rivera y yo. Ambos nacimos en la mitad del siglo veinte y en ciudad que ya no es la nuestra. Ambos aprendimos a vivir el norte y en el norte, con este sol que impone su fuerza y obliga a quedarse aquí. Quien me diga que este escritor no es nortino es que no ha leído sus libros. Lo que sería cosa rara, porque leerlo es inevitable. En mi caso, no solo por enfermiza adicción a la lectura, sino además porque busco permanentemente textos que puedan gustar a los jóvenes que estudian castellano (y que no siempre acostumbran leer). Encontrar algo que aprecien y los conmueva es ardua tarea. Ahí es donde uno debe buscar historias comprensibles y a gusto de quienes ya pasan los veinte pero no se han dado cuenta. En este sentido, salvadores han sido “La contadora de películas” y el Duende "que le escribe a Hernán sus novelas".
¿Qué condiciones debe tener un libro para que alguien desee leerlo? Bueno, cuando se trata de un milenial, generalmente no será una de esas viejas reliquias amadas que cubren las paredes de mi habitación. Sino que algo nuevo, breve y con un título prometedor. Como este que se llama “El hombre que miraba al cielo”. Lo compré de inmediato luego que la breve "ojeada" me atrapó como siempre las producciones de Rivera. En este caso, el “bonus track" al comprarlo es que su estructura y brevedad me ayudarán a lograr que sea leído y ojalá disfrutado.
Me gustó particularmente eso de que “no pasará nada y a la vez pasará todo”, porque creo que es la esencia de la historia que llegará al lector. El autor ya no está presente y no puede o no debe cambiar nada. Insisto a los jóvenes que un libro no es igual para todos. Que cada uno leerá una historia diferente, porque es su propia vida la que comulga con lo leído, y su lectura es la que puede dejarlo indiferente o bien, y esperamos que ocurra, la que entrará en su alma…
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