29 April, 2017

"LOS CUENTOS DEL QUIJOTE"

¿Quién de mi generación dejaría pasar un libro en cuya cubierta hay un grabado de Gustave Doré? Quizá para los jóvenes es difícil de entender, pero eso "me obligó" a comprar “Los Cuentos del Quijote” y descubrí que se le ocurrió a Félix García Moriyón reunir en un libro aquellos cuentos incluidos en El Quijote de la Mancha que no necesariamente tenían que ver con su historia.
El autor explica: «Nuestra propuesta consiste en seleccionar casi todos los relatos intercalados en la novela, sacarlos del texto original y dejar que disfruten de vida propia. Es una propuesta que ha contado ya con el aval de importantes especialistas en la obra cervantina, aunque sin llegar a la radicalidad con la que nosotros la abordamos en esta selección. No es, de todos modos, sencillo establecer una nítida frontera en este juego de narraciones que abundan en la novela, pero hemos incluido casi todos los que se pueden diferenciar como relatos con vida propia.» 
Con ojos de educadora no pude menos que alegrarme sobremanera por esta magnífica idea. Celebramos a Miguel de Cervantes. No queremos que sea olvidado. Deseamos que los jóvenes lean esta creación magnífica que es El Quijote: el compilado ideal de relatos poéticos, emocionantes, conmovedores, alegres, aleccionadores...  Pero, por desgracia les resulta extremadamente difícil de entender el lenguaje y por consiguiente el contenido. Si logramos que los estudiantes lean algunos de los cuentos, no importa cuántos, quizá también, algunos de ellos logren entusiasmarse más adelante con la obra completa. Pienso en La pastora Marcela y su discurso tremendamente feminista, en la Historia de Leandra, en la Casa de los locos, en fin, todo el contenido de este libro que describo.

¿Por qué no facilitar el acercamiento a este autor que no ha perdido vigencia en el tiempo?  ¿Acaso no hacemos todavía lo mismo que los personajes de sus relatos? Compartimos los viajes, los encuentros fortuitos, las esperas indeseadas y la palabra surge espontánea y confiada endulzando soledades, con relatos, chistes, historias, que nos hacen más humanos y más hermanos.



25 April, 2017

¿POR QUÉ SHAKESPEARE?


En estos días, en que junto con esforzarnos porque se valide la vigencia del libro recordamos a dos grandes literatos como Miguel de Cervantes y William Shakespeare, hay quienes preguntan ¿por qué nuestro homenaje a un inglés? ¿Qué tiene que ver con nosotros? Quizá ya no basta decir que es un autor universal. Tal vez porque ya no se lee. Aun así, en el lenguaje cotidiano entendemos perfectamente las características de un varón cuando dicen que es un “Otelo” o un “Romeo”, aunque ni siquiera sepamos de donde provienen esos nombres, o que tengamos solo una vaga idea de la existencia de estas obras teatrales donde aparecen como personajes.

Sin embargo, hay una circunstancia que nos acerca más a este dramaturgo, poeta, actor inglés llamado William Shakespeare: se trata de su última obra teatral llamada La Tempestad, porque tiene una relación muy cercana con nuestra “América mestiza” (como tan bien la llamaba José Martí). Dos personajes de La Tempestad, llamados Ariel y Caliban serían “hijos” de nuestra tierra. Tan relevante es esto que numerosos escritores y estudiosos se han referido a estos personajes y su relación con nuestra cultura.

Luis Astrana Marín, español, y uno de los traductores de Shakespeare al castellano, postula que el poeta debió conocer algunos sucesos ocurridos en América del Sur que lo motivaron a escribir esta obra, y que esto se hace evidente tanto en el ambiente “indiano” (americano) como en las características físicas de la isla donde se desarrolla la historia de La Tempestad. También hace notar los nombres de origen español de los personajes: Sebastián, Miranda, Alonso, Gonzalo, Próspero (aunque el uso de nombres que no son ingleses es frecuente en el teatro shakesperiano).

Dos personajes en especial, han sido estudiados por otros escritores atribuyéndoles características propias de Hispanoamérica o deseando su relación con ellas. José Enrique Rodó, uruguayo, escribe un ensayo llamado Ariel (nombre del “espíritu del aire“ que colabora con Próspero (en La Tempestad) identificando a este personaje con el refinamiento, la belleza, lo espiritual. Cualidades que por cierto son contrarias a las características del personaje llamado Caliban, un esclavo deforme, salvaje y amargo. Las palabras de Rodó son muy hermosas, en su llamado a los jóvenes a imitar a ¨Ariel (que) es la razón y el sentimiento superior” y que es el “sublime instinto de perfectibilidad” “el héroe epónimo en la epopeya de la especie” y más. Es lo que quiere para la América nuestra.

Estudiosos del personaje indeseable, Caliban, presentan miradas diversas y algunas hacen mucho sentido. Es el caso del poeta Roberto Fernández Retamar, para quien el nombre del personaje de Caliban es un anagrama del término “caníbal” proveniente a su vez de “caribe”, nombre de unos habitantes americanos que se defendieron muy valientemente ante el invasor español y pagaron la osadía pasando a la historia incorrectamente como antropófagos gracias a las cartas de Cristóbal Colón. Cita a Michel de Montaigne en su ensayo “De los caníbales” “Nada hay de bárbaro ni de salvaje en esas naciones (…) lo que ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres”.

Para Fernández, es Caliban quien mejor representa al “americano mestizo”: Era dueño de una isla, en la que vivía sin sobresaltos y es convertido en esclavo, se le castiga, se le quita su tierra, su dignidad, y debe “servir” a Próspero y sus compañeros que a la isla llegaron luego de un naufragio. Cuando le reclama a Próspero, es en estos términos: “Me enseñaste a hablar, /y el provecho que obtuve de ello fue que /aprendí a maldecir. /Que la plaga roja se te venga encima / por hacerme aprender tu lengua”

Cabe recordar los desatinos registrados en nuestra literatura hispanoamericana acerca de “civilización y barbarie”, el desconocimiento generalizado de las culturas originarias de nuestra tierra, las costumbres que aún persisten de mirar hacia Europa o Estados Unidos para copiar lo suyo invalidando lo nuestro, olvidando que su alfombra está muy limpia y bella siempre y cuando no la levantemos para ver lo que hay debajo…



Yago, más bien que Otelo

En estos días en que recordamos a Willian Shakespeare, me pidieron una opinión acerca de Otelo como representación de lo que pueden hacer los celos en el espíritu de un hombre. Lo releí, naturalmente, para no hacer un mal papel. Y al terminarlo, no pude evitar pensar en un personaje de don Miguel de Unamuno: Joaquín Monegro. ¡Qué jugada la del astuto autor! Joaquín es el protagonista de la historia y el libro lleva el nombre de su rival: Abel Sánchez.

 La envidia es la protagonista de esta historia, el sentimiento que destruye el alma de Joaquín. Y pienso que también es la envidia el motor de esta tragedia de Shakespeare. La envidia profunda y terrible de Yago que lo conduce a la mentira y la traición, e incluso al asesinato de personas que había amado.

Yago es un artista a la hora de comenzar a dejar caer las primeras gotas de su veneno:  (a Otelo):  “
Así que, como es mi deber, os diré algo. Pruebas aún no tengo. Vigilad a vuestra esposa; observadia con Casio. Los ojos así: ni celosos, ni crédulos. Que no engañen a vuestro noble y generoso corazón en su propia bondad; conque, atento. Conozco muy bien el carácter de mi tierra las mujeres de Venecia enseñan a Dios los vicios que ocultarían a sus maridos. Su conciencia no las lleva a reprimirse, sino a encubrirlos”

Vuelvo a Joaquín Monegro y su dolor:  “empecé a odiar a Abel con toda mi alma y a proponerme a la vez ocultar ese odio, abonarlo, criarlo, cuidarlo en lo recóndito de las entrañas de mi alma. ¿Odio? Aún no quería darle su nombre, ni quería reconocer que nací, predestinado, con su masa y con su semilla. Aquella noche nací al infierno de mi vida.”

Y me pregunto si acaso en esta obra y también en Otelo ¿no habrá más de un culpable de la destructora envidia en el corazón del otro?
Quizá es posible que Otelo y Casio, Abel Sánchez, y también el otro Abel (el de la Biblia), hayan sido los provocadores de ese terrible sentimiento que llevó a estos hombres imaginarios pero tan reales a destruir a otros y a sí mismos. Vale la pena pensarlo.


Y  la obra de Shakespeare ¿debió llamarse Yago en lugar de Otelo? Quizá eso pensó el brillante don Miguel…