25 April, 2017

¿POR QUÉ SHAKESPEARE?


En estos días, en que junto con esforzarnos porque se valide la vigencia del libro recordamos a dos grandes literatos como Miguel de Cervantes y William Shakespeare, hay quienes preguntan ¿por qué nuestro homenaje a un inglés? ¿Qué tiene que ver con nosotros? Quizá ya no basta decir que es un autor universal. Tal vez porque ya no se lee. Aun así, en el lenguaje cotidiano entendemos perfectamente las características de un varón cuando dicen que es un “Otelo” o un “Romeo”, aunque ni siquiera sepamos de donde provienen esos nombres, o que tengamos solo una vaga idea de la existencia de estas obras teatrales donde aparecen como personajes.

Sin embargo, hay una circunstancia que nos acerca más a este dramaturgo, poeta, actor inglés llamado William Shakespeare: se trata de su última obra teatral llamada La Tempestad, porque tiene una relación muy cercana con nuestra “América mestiza” (como tan bien la llamaba José Martí). Dos personajes de La Tempestad, llamados Ariel y Caliban serían “hijos” de nuestra tierra. Tan relevante es esto que numerosos escritores y estudiosos se han referido a estos personajes y su relación con nuestra cultura.

Luis Astrana Marín, español, y uno de los traductores de Shakespeare al castellano, postula que el poeta debió conocer algunos sucesos ocurridos en América del Sur que lo motivaron a escribir esta obra, y que esto se hace evidente tanto en el ambiente “indiano” (americano) como en las características físicas de la isla donde se desarrolla la historia de La Tempestad. También hace notar los nombres de origen español de los personajes: Sebastián, Miranda, Alonso, Gonzalo, Próspero (aunque el uso de nombres que no son ingleses es frecuente en el teatro shakesperiano).

Dos personajes en especial, han sido estudiados por otros escritores atribuyéndoles características propias de Hispanoamérica o deseando su relación con ellas. José Enrique Rodó, uruguayo, escribe un ensayo llamado Ariel (nombre del “espíritu del aire“ que colabora con Próspero (en La Tempestad) identificando a este personaje con el refinamiento, la belleza, lo espiritual. Cualidades que por cierto son contrarias a las características del personaje llamado Caliban, un esclavo deforme, salvaje y amargo. Las palabras de Rodó son muy hermosas, en su llamado a los jóvenes a imitar a ¨Ariel (que) es la razón y el sentimiento superior” y que es el “sublime instinto de perfectibilidad” “el héroe epónimo en la epopeya de la especie” y más. Es lo que quiere para la América nuestra.

Estudiosos del personaje indeseable, Caliban, presentan miradas diversas y algunas hacen mucho sentido. Es el caso del poeta Roberto Fernández Retamar, para quien el nombre del personaje de Caliban es un anagrama del término “caníbal” proveniente a su vez de “caribe”, nombre de unos habitantes americanos que se defendieron muy valientemente ante el invasor español y pagaron la osadía pasando a la historia incorrectamente como antropófagos gracias a las cartas de Cristóbal Colón. Cita a Michel de Montaigne en su ensayo “De los caníbales” “Nada hay de bárbaro ni de salvaje en esas naciones (…) lo que ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres”.

Para Fernández, es Caliban quien mejor representa al “americano mestizo”: Era dueño de una isla, en la que vivía sin sobresaltos y es convertido en esclavo, se le castiga, se le quita su tierra, su dignidad, y debe “servir” a Próspero y sus compañeros que a la isla llegaron luego de un naufragio. Cuando le reclama a Próspero, es en estos términos: “Me enseñaste a hablar, /y el provecho que obtuve de ello fue que /aprendí a maldecir. /Que la plaga roja se te venga encima / por hacerme aprender tu lengua”

Cabe recordar los desatinos registrados en nuestra literatura hispanoamericana acerca de “civilización y barbarie”, el desconocimiento generalizado de las culturas originarias de nuestra tierra, las costumbres que aún persisten de mirar hacia Europa o Estados Unidos para copiar lo suyo invalidando lo nuestro, olvidando que su alfombra está muy limpia y bella siempre y cuando no la levantemos para ver lo que hay debajo…



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