En estos días, en que junto con esforzarnos porque se valide la vigencia
del libro recordamos a dos grandes literatos como Miguel de Cervantes y William
Shakespeare, hay quienes preguntan ¿por qué nuestro homenaje a un inglés? ¿Qué
tiene que ver con nosotros? Quizá ya no basta decir que es un autor universal. Tal
vez porque ya no se lee. Aun así, en el lenguaje cotidiano entendemos
perfectamente las características de un varón cuando dicen que es un “Otelo” o
un “Romeo”, aunque ni siquiera sepamos de donde provienen esos nombres, o que
tengamos solo una vaga idea de la existencia de estas obras teatrales donde
aparecen como personajes.
Sin embargo, hay una circunstancia que nos acerca más a este dramaturgo,
poeta, actor inglés llamado William Shakespeare: se trata de su última obra
teatral llamada La Tempestad, porque tiene una relación muy cercana con nuestra
“América mestiza” (como tan bien la llamaba José Martí). Dos personajes de La
Tempestad, llamados Ariel y Caliban serían “hijos” de nuestra tierra. Tan
relevante es esto que numerosos escritores y estudiosos se han referido a estos
personajes y su relación con nuestra cultura.
Luis Astrana Marín, español, y uno de los traductores de Shakespeare al
castellano, postula que el poeta debió conocer algunos sucesos ocurridos en
América del Sur que lo motivaron a escribir esta obra, y que esto se hace
evidente tanto en el ambiente “indiano” (americano) como en las características
físicas de la isla donde se desarrolla la historia de La Tempestad. También
hace notar los nombres de origen español de los personajes: Sebastián, Miranda,
Alonso, Gonzalo, Próspero (aunque el uso de nombres que no son ingleses es
frecuente en el teatro shakesperiano).
Dos personajes en especial, han sido estudiados por otros escritores
atribuyéndoles características propias de Hispanoamérica o deseando su relación
con ellas. José Enrique Rodó, uruguayo, escribe un ensayo llamado Ariel (nombre
del “espíritu del aire“ que colabora con Próspero (en La Tempestad)
identificando a este personaje con el refinamiento, la belleza, lo espiritual.
Cualidades que por cierto son contrarias a las características del personaje
llamado Caliban, un esclavo deforme, salvaje y amargo. Las palabras de Rodó son
muy hermosas, en su llamado a los jóvenes a imitar a ¨Ariel (que) es la
razón y el sentimiento superior” y que es el “sublime instinto de
perfectibilidad” “el héroe epónimo en la epopeya de la especie” y más. Es lo
que quiere para la América nuestra.
Estudiosos del personaje indeseable, Caliban, presentan miradas diversas y
algunas hacen mucho sentido. Es el caso del poeta Roberto Fernández Retamar, para quien
el nombre del personaje de Caliban es un anagrama del término “caníbal”
proveniente a su vez de “caribe”, nombre de unos habitantes americanos que se
defendieron muy valientemente ante el invasor español y pagaron la osadía
pasando a la historia incorrectamente como antropófagos gracias a las cartas de
Cristóbal Colón. Cita a Michel de Montaigne en su ensayo “De los caníbales” “Nada hay
de bárbaro ni de salvaje en esas naciones (…) lo que ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus
costumbres”.
Para Fernández, es Caliban quien mejor representa al “americano mestizo”: Era dueño de una isla, en la que vivía sin sobresaltos y es convertido en esclavo, se le castiga, se le quita su tierra, su dignidad, y debe “servir” a Próspero y sus compañeros que a la isla llegaron luego de un naufragio. Cuando le reclama a Próspero, es en estos términos: “Me enseñaste a hablar, /y el provecho que obtuve de ello fue que /aprendí a maldecir. /Que la plaga roja se te venga encima / por hacerme aprender tu lengua”
Cabe recordar los desatinos registrados en nuestra literatura
hispanoamericana acerca de “civilización y barbarie”, el desconocimiento
generalizado de las culturas originarias de nuestra tierra, las costumbres que
aún persisten de mirar hacia Europa o Estados Unidos para copiar lo suyo
invalidando lo nuestro, olvidando que su alfombra está muy limpia y bella
siempre y cuando no la levantemos para ver lo que hay debajo…
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