En estos días en que recordamos a
Willian Shakespeare, me pidieron una opinión acerca de Otelo como
representación de lo que pueden hacer los celos en el espíritu de un hombre. Lo
releí, naturalmente, para no hacer un mal papel. Y al terminarlo, no pude
evitar pensar en un personaje de don Miguel de Unamuno: Joaquín Monegro. ¡Qué
jugada la del astuto autor! Joaquín es el protagonista de la historia y el
libro lleva el nombre de su rival: Abel Sánchez.
La envidia es la protagonista de esta historia, el sentimiento que destruye el alma de Joaquín. Y pienso que también es la envidia el motor de esta tragedia de Shakespeare. La envidia profunda y terrible de Yago que lo conduce a la mentira y la traición, e incluso al asesinato de personas que había amado.
La envidia es la protagonista de esta historia, el sentimiento que destruye el alma de Joaquín. Y pienso que también es la envidia el motor de esta tragedia de Shakespeare. La envidia profunda y terrible de Yago que lo conduce a la mentira y la traición, e incluso al asesinato de personas que había amado.
Yago es un artista a la hora de comenzar a dejar caer las primeras gotas de su veneno: (a Otelo): “Así que, como es mi deber, os diré algo. Pruebas aún no tengo. Vigilad a vuestra esposa; observadia con Casio. Los ojos así: ni celosos, ni crédulos. Que no engañen a vuestro noble y generoso corazón en su propia bondad; conque, atento. Conozco muy bien el carácter de mi tierra las mujeres de Venecia enseñan a Dios los vicios que ocultarían a sus maridos. Su conciencia no las lleva a reprimirse, sino a encubrirlos”
Vuelvo a Joaquín Monegro y su dolor: “empecé a odiar a Abel con toda mi alma y a proponerme a la vez ocultar ese odio, abonarlo, criarlo, cuidarlo en lo recóndito de las entrañas de mi alma. ¿Odio? Aún no quería darle su nombre, ni quería reconocer que nací, predestinado, con su masa y con su semilla. Aquella noche nací al infierno de mi vida.”
Y me pregunto si acaso en esta obra y también en Otelo ¿no habrá más de un culpable de la destructora envidia en el corazón del otro?
Quizá es posible que Otelo y Casio,
Abel Sánchez, y también el otro Abel (el de la Biblia), hayan sido los provocadores de ese
terrible sentimiento que llevó a estos hombres imaginarios pero tan reales a
destruir a otros y a sí mismos. Vale la pena pensarlo.
Y la obra de Shakespeare ¿debió llamarse Yago en lugar de Otelo? Quizá eso pensó el brillante don Miguel…
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