El libro tenía un título muy tentador: “Ladrones de tinta” y casi seiscientas páginas. Leí las cinco páginas de rigor, las que avisan si vale la pena leer o no el libro. Encontrarme con personajes reales (e interesantes a no dudarlo) agregó una buena dosis de entusiasmo.
Me encontré con retratos muy bien dibujados de
aquellos españoles que realmente aportaron a nuestra formación literaria y al
disfrute profundo del vicio de leer: Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, presentados con sus debilidades y problemas de cada día, el
envejecimiento, las dificultades económicas, la necesidad de complacer a
quienes los sustentan, la necesidad de tragarse el orgullo.
La novela regala, además, referencias y vívidos retratos de la
vida de todos los días en el Madrid del siglo XVII: las casas de juego, los
prostíbulos, el desempeño de diversos oficios: taberneros, barberos que también
son dentistas, vecinos cooperadores, las comidas habituales, las
inconveniencias de ser noble sin dinero, en fin, con una habilidad especial que
tiene el autor para hacernos sentir hasta los ruidos y los olores de la ciudad.
El protagonista lee, y bastante: “Cogí el libro. Me acordaba del Ginés de Pasamonte del Quijote, el
personaje condenado a galeras que el caballero libera de una cuerda de presos y
que luego reaparece para robar el burro a Sancho y la espada a su benefactor”.
Denota admiración por los “grandes”, los conoce, los visita, los interroga; y
el lector imagina que está escuchando la conversación.
Vemos un Cervantes viejo, enfermo, pero digno y lúcido. El
autor lo homenajea al presentar al Quijote
como objeto de opiniones, comentarios, análisis hechos por humanos comunes que
van recreando lo que leyeron. Miguel de Cervantes aparece también como humano
común y al mismo tiempo, creador excepcional.
Dice Mateo-Sagasta en entrevista de Damián Blas
Vives: " Ladrones de Tinta fue una experiencia maravillosa. Fue
una forma de volver a ver no sólo la literatura, sino también la historia. Y de
dar la vuelta y empezar a concebir el mundo narrativo como una unidad. La
verdadera proeza de Cervantes fue romper la raya divisoria entre la verdad y la
ficción. Creo que eso es maravilloso para un escritor de ficción. Y
también para alguien que viene de la “Historia” con mayúsculas. Ahí te das
cuenta, realmente, que la “Historia”, con mayúscula, también es una ficción. En
mis obras los elementos y hechos que acontecen son históricos, aunque sometidos
a una manipulación orientada a llevarlo, todo, al terreno literario".
