28 September, 2016

CERVANTES según Alfonso Mateo-Sagasta



El libro tenía un título muy tentador: “Ladrones de tinta” y casi seiscientas páginas. Leí las cinco páginas de rigor, las que avisan si vale la pena leer o no el libro. Encontrarme con personajes reales (e interesantes a no dudarlo) agregó una buena dosis de entusiasmo.

Me encontré con retratos muy bien dibujados de aquellos españoles que realmente aportaron a nuestra formación literaria y al disfrute profundo del vicio de leer: Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, presentados con sus debilidades y problemas de cada día, el envejecimiento, las dificultades económicas, la necesidad de complacer a quienes los sustentan, la necesidad de tragarse el orgullo.


La novela regala, además, referencias y vívidos retratos de la vida de todos los días en el Madrid del siglo XVII: las casas de juego, los prostíbulos, el desempeño de diversos oficios: taberneros, barberos que también son dentistas, vecinos cooperadores, las comidas habituales, las inconveniencias de ser noble sin dinero, en fin, con una habilidad especial que tiene el autor para hacernos sentir hasta los ruidos y los olores de la ciudad.


El protagonista lee, y bastante: “Cogí el libro. Me acordaba del Ginés de Pasamonte del Quijote, el personaje condenado a galeras que el caballero libera de una cuerda de presos y que luego reaparece para robar el burro a Sancho y la espada a su benefactor”. Denota admiración por los “grandes”, los conoce, los visita, los interroga; y el lector imagina que está escuchando la conversación.

Vemos un Cervantes viejo, enfermo, pero digno y lúcido. El autor lo homenajea al presentar al Quijote como objeto de opiniones, comentarios, análisis hechos por humanos comunes que van recreando lo que leyeron. Miguel de Cervantes aparece también como humano común y al mismo tiempo, creador excepcional.

Dice Mateo-Sagasta en  entrevista de Damián Blas Vives: " Ladrones de Tinta fue una experiencia maravillosa. Fue una forma de volver a ver no sólo la literatura, sino también la historia. Y de dar la vuelta y empezar a concebir el mundo narrativo como una unidad. La verdadera proeza de Cervantes fue romper la raya divisoria entre la verdad y la ficción. Creo que eso es maravilloso para un escritor de ficción. Y también para alguien que viene de la “Historia” con mayúsculas. Ahí te das cuenta, realmente, que la “Historia”, con mayúscula, también es una ficción. En mis obras los elementos y hechos que acontecen son históricos, aunque sometidos a una manipulación orientada a llevarlo, todo, al terreno literario".



25 September, 2016

AUN TIENEN LOS OJOS ABIERTOS


Y así nos quedamos
con las bocas abiertas 
viendo desfilar ante los ojos heridos
botas claveteadas castigando el asfalto

Y así nos quedamos
con las almas abiertas 
cómo arden las vísceras de las almas 
cuando se mancilla la inocencia de los pueblos

El buitre desgarra con desdén
-sabes de qué buitre hablo-
lo mismo úteros aterrados
que el pecho del joven insurrecto

Y así nos quedamos 
con todas las heridas abiertas 
y el llanto de cada una se unió en el asfalto
y lo justo se tornó impío 
y lo hermoso se volvió tormento
y la tortura se volvió mito
y la muerte se tornó desayuno 

Que no desaparezcan 
aún tienen los ojos abiertos 
viven en los desiertos de la insolencia
nadan en las profundidades de la Historia 
se niegan a desaparecer
que no los desaparezca un decreto 
ni un abrazo de año nuevo 


Y lo libre se tornó proscrito 
y lo cierto se volvió punto de vista 
y la tortura se volvió eterna
y la muerte se tornó plusvalía 


Y así nos quedamos
con los puños cerrados 
con las uñas enterradas en una primavera sangrienta 

Pero que no desaparezcan
aún tienen los ojos abiertos 
y los observan cuando hoy ustedes se sientan en sus sillones 
y decretan su indecencia 
y proscriben la verdad 


Que no desaparezcan
aún tenemos los ojos abiertos


Felipe Robles
Puerto Menguante


DESMEMORIA

Hacer juicios en el presente acerca de hechos ocurridos en el pasado es, para algunos, necesario. Para otros, inútil. Para mí, creo que todo depende de la medida que se use y el cómo se use. Más relevante que la condena, me parece que lo importante es no olvidar. Para no tropezar con las mismas piedras.

Revisando películas para una actividad de clase, me encontré con “La llave de Sofía”, película del joven director francés Gilles Paquet-Brenner. En ella, una periodista adulta en el siglo XXI investiga un hecho  ocurrido en 1942 en París, conocido con el nombre de Redada del Velódromo de invierno (Vél d'Hiv roundup) y en que miles de parisienses de origen judío fueron encerrados en este lugar con sus hijos. Luego, los adultos fueron trasladados a campos de concentración en Alemania…

Lo que me llamó la atención y que se muestra en esta película es que los periodistas jóvenes que trabajan con la protagonista desconocen totalmente el hecho descrito, se sorprenden muchísimo al escuchar acerca de él y más aun al darse cuenta de que los autores no fueron alemanes sino ciudadanos franceses.

No es solo en Macondo entonces que se olvidan hechos vergonzantes o se juega con los números de muertos y desaparecidos. ¿Será una facultad inherente al género humano? ¿Será que es demasiado difícil convivir con la vergüenza?

Hasta ahí, como que logro comprender estas faltas de memoria de que adolecen los pueblos y los seres humanos después de terribles tragedias. Quizá para seguir viviendo sin enloquecer. Quizá porque la verdad es demasiado dañina. Sin embargo, aquí cerquita, a nuestro alrededor, los olvidos son de demasiado corto plazo como para entenderlos y menos disculparlos.

En Chile, se olvida el dolor de tantos chilenos que claman por verdad, por justicia, por una respuesta. Porque se olvida la historia del país, se olvida la historia de cada ciudad, se olvidan las promesas incumplidas de los gobernantes y se los vuelve a elegir. Los elegidos, en un par de meses ya olvidan sus propuestas. También se olvida la identidad, los símbolos y costumbres.


Un ejemplo frívolo: ¡ ya vieron en fiestas patrias niñitas bailando cueca con unas enormes enaguas can-can con frufrús de sedas y encajes !














UN POETA JOVEN: ARIEL SANTIBÁÑEZ


Qué duda cabe, los jóvenes “la llevan”. Sí, claro, también en la literatura. La brecha se amplía con el rechazo mutuo. Los viejos no entendemos lo que los jóvenes escriben, los jóvenes nos encuentran patéticos o caducos.

Ya en los 90s, escuché con tristeza como a un novelista emergente un entrevistador le preguntaba “¿Has leído a Dostoievski?” “No”, fue la respuesta y con tono desafiante: “¿Y tú hay leído a Bukowsky?”

Más triste la experiencia de ver cómo un grupo de jóvenes, ya en este siglo, pusieron un inodoro en medio de la plaza de Calama y depositaron dentro, ostensiblemente, los poemas de personas mayores con el más obvio de los desprecios.

Pero, ocurre algunas veces, que los jóvenes valoran a “viejos” de tiempos anteriores. Como Blake y Donne en otros lares. También en Chile con Tellier, De Rokha, Lihn.

Ojalá en nuestras tierras, jóvenes y viejos pudiéramos reencontrarnos con algunos poetas de voz fuerte y clara que desaparecieron (los desaparecieron) en plena juventud y cuyos trabajos quedaron frescos, vigentes, ejemplares.

Como el antofagastino Ariel Santibáñez, quien habría cumplido en noviembre 66 años. Santibáñez y su voz clara, desafiante y testimonial:
“…Ahora comprendo por qué/ los poetas no descifran signos de pájaros,/si sólo hay máquinas de escribir que aplastan,/decretos martirizando los oídos/ y oficios empapelando la miseria.
Hace tiempo que la Dignidad del Hombre / se quedó dormida en los archivos /y en los pasillos que transitan incansablemente./ La Aurora del hombre vive oculta en los canastos./ Continuarán siempre las manos sobre las teclas;/la sonata que se eleve, será una mariposa /nutriéndose de espaldas…”

En 1968, Oliver Welden comentaba acerca de la poesía de Santibáñez: “…Su actualidad es concreta y no está mediatizada: la poesía planea una relación directa con la realidad circundante, haciendo del poema un arma poderosa, firmemente orientado hacia la denuncia implacable, hacia la condensación instantánea…”


Reencontrarnos, en lectura dadora de vida.